** MARIA GREGORIA SANCHEZ
Paredes de bolseado color ocre.
Puertas verdes, bien altas,
ruidosas y pesadas.
Nadie que reconozca alguna de sus salas
habrá de cuestionarse su orígen nada santo,
tampoco endemoniado.
Orígen, nada mas, simpático y osado.
Pervertida razón para ganar el mango.
Por entre el enrejado de toscas pinceladas
en las noches de luna de un verano sin mares
ni recursos mundanos
va tejiendo su trama de placer exaltado María Gregoria Sanchez:
una hija de un año.

Del gallo hasta un ocaso de tibia resolana
solamente entendible detrás de las persianas
el juez, el intendente, el edecán de turno
y hasta el médico obeso y un croto de la plaza
le invadieron la cama.
Casi a regañadientes dejaron sus migajas.
Allá está, resoplando.
Una tarde difícil de valores cambiados.
Soledad de mateada con cierto gusto a bronca.
La visita indeseable, el goce tan fraguado,
amoríos que duran lo que burbuja loca
en medio de un tornado.
Y, cruzando la calle,
el pueblo en el estrado blandiendo cuanta piedra
se presente a su paso.
Solo la hipocresía les calienta las sienes
aunque ella se revuelque jurando y perjurando
que quien mas o quien menos
por su casa ha pasado.
María Gregoria Sánchez: una hija de un año.

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